Relato: El traje blanco

Dejemos a un lado Animal Crossing, y recapacitemos sobre una gran injusticia que hay en el mundo. He escrito un relato donde pongo como protagonistas a un negro y un blanco que en un principio no podían caerse nunca bien… El final, tendréis que descubrirlo leyéndolo.
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 EL TRAJE BLANCO
Emilio
G.
            Parecía
que mis manos iban a caer, dejando de formar parte de este desgastado cuerpo.
Mis dedos apenas podían sostener el pico de piedra que elevaba con mis últimas
fuerzas absorbidas por el calor que emanaba aquel lugar.
            Desde chico siempre he sabido que
los negros somos inferiores. Los blancos necesitan el poder para hacer el bien
al planeta. Por eso estoy aquí, talando en una mina en la que respirar es un
auténtico reto. Nunca me preguntaron si yo quería hacer esto. Simplemente nací
así, y como el resto de mis compañeros, trabajo duramente día y noche por el
bien de todos.
            Posiblemente esto solo sean
pensamientos errados de un pequeño negrito que no conoce ni su nombre. Al nacer
me pusieron un número, suficiente como para poder identificarme del resto de
negros. Tampoco me importa mucho, ya que, ¿qué más da tener un número que un
nombre? Nadie se ha quejado, así que yo tampoco lo voy a hacer.
            Realmente trabajar en una mina es
bastante agotador. No sé cuándo es de día o de noche, y las horas aquí dentro
parecen no pasar. Al menos tengo compañeros a mi lado, pero nunca hablamos, ya
que no sabemos de qué hablar. Un niño que no entiende nada, como nosotros, y
que solo vemos la oscuridad de una mina, no tenemos temas ni conocimientos
suficientes como para hablar de algo. Nunca hay nada interesante de lo que
conversar.
            Llevo usando esta misma ropa durante
dos años, excepto un día que nos dieron ropa nueva, pero no era de mi talla.
Como no podía quejarme, yo me limité a ponérmela, agradecido por tener algo
nuevo y limpio que ponerme. Pero desde esa vez no he vuelto a recibir ropa
nueva. A veces las moscas me rodean, se pegan a mí. No sé si será que les
gusto, pero tampoco entiendo por qué vienen.
            Nunca
he entendido ni nunca entenderé por qué los blancos se quedan mandándonos y
nosotros hacemos el trabajo duro. ¿Acaso mis padres firmaron algo para que
trabajase por el bien de la humanidad? Como no sé quiénes son mis padres,
tampoco puedo preguntarles eso en persona.
            Un silbato sonó fuera de la mina.
Era hora de la ducha. Salimos todos y nos quedamos desnudos. Posteriormente nos
echaron un barreño de agua a todos por encima y nos pusimos nuevamente los
uniformes para dormir en el césped. Todas las noches de invierno nadie consigue
conciliar el sueño debido al frío que nos hiela los huesos, pero aun así no
podemos entrar a ninguna tienda de campaña de los blancos. Cuando nos
resfriamos debido al cambio de temperatura, trabajamos como siempre. Hay veces
que algunos negros mueren dentro de las minas. Una vez, un compañero mío cayó
tendido a mis brazos sin fuerzas, pidiéndome que huyese de este lugar justo
antes de morir. Tampoco comprendo por qué me dijo esto, si no hay otro sitio.
Vaya a donde vaya siempre encontraré las mismas situaciones. O eso dicen.
           
Desperté
al notar una fuerte patada en el pie. Era la forma más común de despertarnos,
que siempre venía acompañada de un grito.
–         
¡Animales! ¡A trabajar!
 No es que me agrade su conducta hacia
nosotros, pero es lo que hay. Ya me he acostumbrado con el paso de los días a
que me llamen de esa forma. Quejarnos no nos sirve de nada, y menos con quince
años de edad. Si contradecimos a los blancos nos torturan. Tienen una sala
llena de artilugios que hacen daño y muy peligrosos. Nadie puede acercarse a
esa sala, además de que está rodeada por guardias de seguridad que impiden su
acceso. Si viesen a alguien intentando colarse en la habitación, no cabe duda
de que lo matarían. Por eso nadie hace nada que no sea obedecer las órdenes de
los blancos.
Tengo
mis inquietudes, como cualquier otro niño. Pero estar encerrado en este espacio
me impide observar más allá del campo, por lo que no tengo ni la menor idea de
qué hay en ese horizonte que no parece acabar nunca. ¿Habrá más animales negros
de nuestra especie y personas blancas?
Como
siempre, hicimos una fila mientras caminábamos silenciosamente hacia la mina.
Sin embargo, esta vez un blanco me paró.
–         
Tú.
Yo me di la vuelta,
extrañado y con mucho miedo.
–         
Ven aquí.
Obedecí,
como siempre. El blanco me señaló un barreño lleno de agua que tenía a su lado
un enorme montón de ropa.
–         
Limpia –me dijo, mientras se marchaba.
Hoy
iba a tener que limpiar la ropa de todos mis superiores. Aunque fuese una tarea
difícil, sabía que era por el bien de todos, y que gracias a mí posiblemente en
aquellos sitios que me eran desconocidos la vida de otras personas fuese mejor.
Todas las noches oramos para que el pueblo prospere y que gracias a nuestro
esfuerzo familias que no conocemos se sientan mejor. ¿No es fantástico? Pero,
¿y si todo eso fuese una mentira? ¿Y si tan solo me tratan como un objeto del
que abusan? ¿Será esa la razón por la que todos están aquí tan tristes? Sea
cual sea la respuesta solo hay una solución, por lo que preocuparme o no de las
preguntas que rondan por mi cabeza no sirven de nada.
Vi
llegar a un camión. De él salió un blanco y un negro, al cual le calculé una
edad aproximada de catorce años. Como yo. Le seguí con la vista mientras me
esforzaba en limpiar todo lo que me quedaba y fue entonces cuando él se dio
cuenta de mi presencia y me devolvió la mirada tristemente. ¿Sabía acaso dónde
se había metido? Porque yo no sé cómo llegué a este lugar, ni tampoco conozco
la razón de estar aquí. A veces pienso en los niños blancos, ya que todavía no
he visto a ninguno por este campo. Muchas noches rezo para que estén bien en el
campo donde estén forzosamente trabajando como todos nosotros. ¿Serán sus minas
mejores que estas? ¿Tendrán más espacio para respirar o más luz? ¿Le cambiarán
de ropa cada día? ¿Conseguirán la comida que desean cuando quieren? Porque
nosotros comemos dos veces al día. Desde pequeño me dijeron que las personas
comen una vez al día, por lo que me siento afortunado. Comemos a mediodía y al
anochecer un plato de algo que sé lo que es. Al principio no me gustaba porque
olía mal y era de un color verde oscuro. Cuando soltaban la comida del cucharón
se escuchaba cómo una masa asquerosa de algo caía en el plato. Pero como es lo
que hay, no me quejo. Ni aunque te estés muriendo de hambre te dan más de
comer, ya que dicen que hay que ahorrar para el bien de la humanidad.
Por
la noche me acerqué para hablar con el chico nuevo.
–         
Hola, ¿cómo te llamas? –le dije.
–         
Soy el número dos millones seiscientos
mil quinientos noventa y tres.
–         
¿Sabes leer números?
–         
Sí.
–         
¿Cuál es mi número?
–         
Es fácil. Tiene muchos ceros. Es el dos
millones.
–         
¿Cómo has aprendido tanto?
–         
Aprendí de pequeño.
–         
Pues yo aprendí de pequeño a escribir.
Me sé todo el abecedario y muchas normas ortográficas.
–         
¿Ah, sí? ¿Cómo se escribe mi número?
No
pude escribirlo por falta de material, pero igualmente seguimos manteniendo una
conversación durante toda la noche que hizo que una nueva relación amistosa
diese sus frutos. Ahora me sentía más a gusto en aquel sitio donde día a día
daba lo mejor de mi fuerza para el bien de la humanidad.
Los
días transcurrieron sin novedades. Dentro y fuera de las minas siempre estaba
con mi único amigo. Así el tiempo se me pasaba más rápido. Era una fortuna
haberlo conocido.
–         
Dos millones.
–         
¿Qué?
–         
Me duele aquí –dijo, señalando su pecho.
–         
Díselo a alguien superior. Sabrá qué
hacer.
Sin
embargo, no dio tiempo a hacer nada, ya que el cuerpo de mi amigo se quedó
quieto, como petrificado. Le dije que qué le pasaba, pero no obtuve respuesta.
Le miré a los ojos, y no pestañeaba. Tampoco respiraba. Entonces supe que lo
había perdido para siempre.
Lo
que sentí en aquel momento fue una sensación que nunca antes había
experimentado. Se me hizo un nudo en la garganta y mis ojos empezaron a
lagrimar. Y entonces empecé a llorar.
Pasado
un tiempo y sin saber cómo, el feje blanco me escogió a mí para ser su cliente
especial. Ahora estaba bajo sus órdenes en su cabaña y la mina no volvería a
verla hasta después de mucho tiempo. La verdad, me sentí muy bien al estar
metido en aquel sitio. Allí sí había luz, espacio y aire.
Andaba
de un sitio para otro sin distracciones, absteniéndome tan solamente de cuidar
de mi superior. Logré averiguar que se llamaba Renén, y gracias a eso me di
cuenta de que era el jefe de todo esto y que a él se debía que yo estuviese
aquí. Eso me hizo ponerme más nervioso, ya que era el más importante de todos.
Si no lo satisfacía con sus órdenes, no quisiera saber de qué era capaz.
Cuando
estaba en la cocina, escuché un grito proveniente de la habitación donde estaba
Renén. Yo corrí, dejando caer el plato que estaba limpiando. Entonces vi la
terrorífica imagen del hombre blanco tapándose los ojos y moviendo su cuerpo
incontroladamente a causa del dolor. Me rondaron miles de dudas por la cabeza.
No sabía de qué forma actuar.
–         
¡Señor! ¿Está bien? –pregunté.
Tan
solo obtuve como respuesta más gritos que cesaron tras haber pasado unos
segundos. Ahora la sorpresa vino al ver cómo Renén se movía por la sala
chocando con todo lo que tenía a su alrededor y moviendo sus brazos con una
triste mueca en su rostro. No tardó en llegar un blanco en su rescate, pero vio
que era demasiado tarde tras deducir que su jefe había quedado ciego.
Por
la noche todo estuvo lleno de enfermeros y policías. A mí el tema tampoco me
importaba mucho, ni tampoco era el más adecuado para involucrarme en él, pero
logré escuchar entre el murmullo de las personas que tenían como plan echarnos
a los ojos una sustancia que nos dejase ciegos y así poder trabajar sin
descanso hasta volvernos locos.
Aquella
noche descubrí que todo esto era una mentira. Que estaba viviendo en una
máscara que me ocultaba de una realidad optimista, y que tan solo había sido
tratado como un esclavo no para el bien de la humanidad, sino para el bien de
los blancos. No comprendía por qué era tan distinto a ellos. Quizás no les caía
bien, pero yo tampoco puedo caerle bien a todo el mundo. Qué injusticia… Quiero
que me den una oportunidad y que me dejen vivir felizmente, como hacen todos
los demás blancos.
A
la mañana siguiente nos comunicaron que el jefe blanco se recuperaría dentro de
unos días, pero que todo seguiría como hasta ahora. Incluso él seguiría
mandando.
Yo
me dirigí a la cabaña de Renén, esperando órdenes de alguien ciego. Me dio
mucha pena verlo en esa situación, ya que en esos momentos no podía disfrutar
tanto la vida como antes.
–         
¿Hay alguien? –preguntó.
–         
Sí, señor.
–         
Tengo sed.
Yo
le traje un vaso de agua y se lo coloqué sobre la mesa, pasando como
desapercibido el detalle de que no podía ver.
–         
¿Y el agua?
–         
Perdona, está en la mesa. Abra la mano.
Le pondré el vaso.
Le
costó colocar el vaso en la boca, por lo que lo ayudé con mis finos brazos a
que bebiese más fácilmente.
–         
Gracias, soldado.
¿Me
había llamado soldado? Debía de ser una equivocación. Y más aún tras haber
precedido su palabra con un agradecimiento.
–         
Perdona, pero yo no soy un soldado.
–         
Soldado Chapel, ¿cómo te atreves a decir
que estoy equivocado? Sé reconocer tu voz a la perfección. No quiero escuchar
tus mentiras. Si te aprovechas de mi problema actual ya verás la que te caerá
cuando recupere la vista.
–         
De acuerdo, jefe –dije, sin querer
enfadarlo más.
Dos
días después a aquel suceso noté cómo Renén empezaba a sentirse abatido.
No
dudé en que fuese por su ceguera, y justo cuando entré por la mañana pude
escuchar sus lamentos. Efectivamente el aislamiento que tenía con la sociedad y
no poder visualizar las cosas le estaba empezando a afectar psicológicamente.
Tras cerrar la puerta de su cabaña puso toda su atención en mí.
–         
Soldado Chapel, ¿eres tú?
–         
Sí, jefe.
–         
Quizás te resulte extraño, pero hoy solo
quiero que me escuches. Estoy empezando a sentirme muy mal. Nunca he sentido
esto… ¿estaré enfermo de sentimientos?
–         
Señor, eso no existe –contesté,
sentándome a su lado-. Cuénteme.
–         
No sé por qué, pero necesito hablar con
alguien. Es tan injusto que yo esté sin ver nada… Ahora mismo podría estar
disfrutando del amanecer, del verde césped recién regado, de los saludos de
todos mis soldados… Pero ahora tan solo escucho cómo los negros sollozan a las
afueras de esta cabaña.
–         
¿Qué tal si los libra de esta crueldad?
–         
¿Crueldad? ¡Soldado, nunca vuelvas a
decir eso! ¡Los animales han nacido para obedecer a sus superiores! ¿Cómo puede
un soldado decir semejante atrocidad?
–         
Perdona, no quería decir eso
exactamente… -mintió.
–         
Como iba diciendo, estoy empezando a
ponerme muy triste. No quiero saber cómo terminaré con mi estado anímico si no
consigo recuperar la visión. ¿Te imaginas pasar los días sin ver nada? ¡El
tiempo pasa lentísimo, no sabes lo que te rodea, no sabes cómo está la gente
mirándote…! Si esto es una maldición de Dios por alguna fechoría, que me
perdone. ¡Que Dios me perdone y me devuelva la vista!
Renén
empezó a llorar desconsolado. Yo lo abracé. Nunca imaginé que aquella escena
pasaría por mi vida. Apoyó su cabeza mientras su río de lágrimas desembocaba en
mi hombro, y cuando me olió me mandó tomar una ducha. Pero era negro.
Pasaba
los días al lado de mi jefe. Me sentía un auténtico soldado blanco. Día tras
día escuchaba las penas de Renén que no me resultaban nada aburridas. Era
extraño ver que alguien que actuó tan mal con los negros pudiese llorar. Y yo
que pensaba que los malos no lloraban…
Siempre
hablaba de su tristeza, que cada vez aumentaba más. Yo asentía, siempre dándole
la razón. Parecía que en estos momentos yo era su único amigo. Le preparaba el
desayuno, la comida y la cena. Había días en los que él me dejaba que le
sorprendiese con un plato sorpresa. «Grumete, sorpréndeme», me decía. Hubo
noches en las que los dos nos emborrachábamos y contábamos chistes sin gracia
pero que al alcohol sí les parecían divertidos. Un día me sorprendió con algo
que me dijo: « ¿Sabes qué? Gracias a ti, he aprendido a ver con el corazón. Ya
no me importa estar ciego. Soy feliz».
Una
mañana desperté por el gran revuelo que había en la caballa de Renén. Gritos de
alegría, silbidos, aplausos… Parecía que algo bueno había ocurrido, y yo me
aproximé a la zona eufórico. Estiré mi cuello para intentar divisar algo entre
todas las personas que había alrededor de mí, y entonces pude ver cómo todos
sonreían al jefe blanco: había recuperado la vista de forma satisfactoria.
Yo
me puse muy contento, e irracionalmente empecé a aplaudir emocionado… hasta que
Renén se percató de que allí estaba yo. Un negro. Me miró enfurecido, y
enseguida se me acercó:
–         
¡Tú! ¿Qué haces aquí? ¡Trabaja!
–         
Renén, soy yo. ¿No reconoces mi voz?
Renén
abrió los ojos cuando se dio cuenta de que había estado todo este tiempo
confundido conmigo, y que no era con el soldado Chapel con quien había estado
hablando en estos días. Sin embargo, tuvo una conducta algo extraña hacia mí
tras darse cuenta:
–         
¿Voz? ¿Qué voz, la de un animal casi
muerto? ¡Ve a trabajar, no sé de qué me estás hablando! ¡Por ponerme a prueba,
trabajarás de nuevo en la mina!
Sabía
que no quería aceptar la realidad, porque para él era imposible pensar que
hubiésemos podido entablar una amistad.
Aquel
mismo día, fallecí en la mina. Nada más darse cuenta de aquel suceso el jefe
blanco se encerró en su cabaña. Dicen que echó las persianas y cerró la puerta
con llave. Los soldados, con mucha curiosidad, se acercaron a la puerta y
pudieron escuchar los sollozos y lamentos de aquel blanco animal.

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